7 jul. 2005

de cómo aprendí a quedarme en babia.

Las interminables y aburridas tardes de los sábados, en el colegio, las dedicaba exclusivamente a dos actividades, el baloncesto y la lectura. Tal vez más al baloncesto. Pero cuando cogía un libro, me sentaba en el suelo y no levantaba la vista hasta que lo cerraba. Quería aprehendérmelo todo e incluso me entraba curiosidad por saber si las demás niñas encontraban algo en él que yo no viese. Sentía celos de que otras captasen un sentido más profundo del que yo era capaz de ver.

Tenía una amiga a la que, además de querer, admiraba, y una vez noté que, cuando leía, cada tanto levantaba los ojos del libro y perdía su mirada pensativa en la lejanía.
Interpreté aquella actitud como un descanso que se tomaba para reflexionar sobre lo leído y me propuse imitarla. Incluso me intrigaba el punto en el que se paraba por si era importante y se me pasaba por alto.

Así que, en algún momento, en mis lecturas, comencé a establecer pausas para levantar la vista y perder la mirada en el horizonte, en busca de ese sentido que seguramente se me mantenía oculto.

No dudo de que la actitud resultase fructífera en ocasiones. Tal vez cuando la apliqué al principio. Pero mi mirada enseguida se olvidó de escudriñar conceptos para perderse en sueños, a mil años luz del libro que buscaba entender.

Después, al mirar a mi amiga, comprendía que ya teníamos algo más en común.

(no sería justo pasar por alto que hoy el cielo es azul y el día no se presenta fresquito. Más bien todo lo contrario.)