21 sept. 2005

tarde ventureira


El otro día estuve en casa de mi madre. Mirando desde la ventana hacia la huerta vi unas hojas grandes, parecidas a las de las calabazas pero con unas manchas blanquecinas. Le pregunté qué plantas eran aquéllas. Me dijo que no sabía, que habían nacido ventureiras, posiblemente de las semillas que se encontraban entre el estiércol.

Ventureiras, de ventura. Cuánto me gustó siempre esta palabra. Suena alegre, fructífera y cantarina. A menudo se lo llamaba a mis hijos cuando eran pequeños. No seas ventureiro, o eres un ventureiro. Sin significado especial, era como un apelativo cariñoso.
Ya me había olvidado y el otro día lo recordé.

Las plantas ventureiras suelen crecer sanas, resistentes.
Al menos eso es lo que pienso cada vez que miro unos carballos que crecieron donde les vino en gana y brotan una y otra vez después de cada incendio.
Y es que yo había recogido una bolsa de bellotas en la alameda, con mi mano las fui plantando una por una, en macetas pequeñas, con la intención de que prendiesen y trasplantarlas después. Eran muchas, se me acabaron las macetas y el resto de las bellotas las eché al aire, sin importar donde cayesen. Como las macetas quedaron fuera, al día siguiente me encontré con la sorpresa de un agujero por bellota. Algún bichejo hambriento que había estado vigilando mi trabajo lo había digerido bien.
Mientras tanto, de aquel gesto de lanzar un puñado al aire nacieron unos plantones tercos, ventureiros, que aún sobreviven años después.

Qué bueno si pudiésemos controlar el azar!!!