1 ago. 2005

feísmo


(cementerio de fisterra, de césar portela,finalista del premio de arquitectura mies van der rohe.)
En alguna guía turística leí que en la costa da morte, lo mejor era mirar al mar y olvidarse del feísmo que prolifera en tierra.
En la playa, miro al mar y me distraigo con el baño de los niños y el paso de alguna embarcación, miro el cielo y me entretengo en buscarle formas a las nubes, miro el pindo, y añoro los secretos que esconde. Cierro los ojos bajo el sol y, por un momento, la brisa y el olor a salitre me dicen que todo permanece como siempre, inmutable, y mi alma se esfuerza por darle cobijo a la idea. Si me quedase dormida, a lo bella durmiente, y volviese a despertar dentro de cien años, el mar seguiría con sus mareas, sus vendavales y sus nordeses, encraspado o calmo, gris o azul verdoso, imperturbable en sus ciclos, pues el mar no se deja ordenar tan fácilmente como el territorio.

Detrás, en tierra, "como para darme la razón", la duna se desmorona, se han secado las dos últimas matas de caramiñas y los pinos vuelven a brotar entre los esqueletos quemados de los anteriores, demasiado jóvenes como para compensar una tala. Pinos verdes entre maleza y chamizos componen, vista de lejos, una imagen ficticia de lo que antes fue.

Escucho los gritos de los niños que juegan un partido de futbol y pienso que todo sigue igual. La playa es pequeña pero hay sitio para todos, para el grupo de turistas que llega en familia y se agrupa en la arena seca, contra las rocas, al abrigo del viento; para la pareja aburrida; para la pareja enamorada, que tiene el descaro de consumar su amor en plena playa, sin reparo por las arenas ni por la pelota que a cada lance llega un poco más cerca y más se demoran sus dueños en ir a recoger; para los escasos jóvenes del pueblo y del pueblo de al lado; para mi amigo (musculitos, le llaman los niños), que baja a última hora con sus hijos a pegarse sus carreras y darse su religioso chapuzón; para algún snob que llega vestido, con gorra y con bastón; para la moto acuática, que a la misma velocidad que llega desde la playa de al lado, así se va; para el velero que se arrima silencioso a pasar la noche. Para el pequeño barco de pesca.

Mientras este equilibrio y tolerancia se mantenga puedo pensar que todo sigue igual.

La idea de los viraventos en el mar es del todo peregrina. No se atreverán a plantificármelos enfrente. Ni dentro de cien años siquiera. Ya hemos pagado nuestra cuota de ecologismo con las curotas de nuestros montes sembrados de esas ipsilons gigantes, el mar no...

déjenme seguir paseando su orilla, entrar despacio hasta sumergirme por completo y disfrutar con él de su mismo horizonte, cada vez, por comprendido, un poco más cerca.

(y perdonen nuestro feísmo, prémienlo incluso)