23 feb. 2005

Consiento

El otro día estuvo de cumpleaños mi madre, setentaycinco, bien contaditos en las arrugas de su cara, pero ridículos si miro el brillo de sus ojos, si escucho la energía de su voz cantarina, me fijo en los movimientos ágiles de su cuerpo o en su carne prieta sin un gramo de celulitis. Me gusta observarla, y si la encuentro desnuda, lo hago descaradamente, para apre(he)ndérmela, es mi madre. Pensar en que está sana me hace sentirme segura, como si tuviese que estarlo porque a mi me faltase algo por crecer.
Sin embargo, en cualquier momento se cruza la sombra. Y un cumpleaños, un instante a solas, sirve para pensar en lo inevitable. Cualquiera de las dos, no sólo ella, puede desaparecer para la otra.

Casualmente, tenia en mis manos un libro de poesía de J.A. Valente y entre las páginas que se abrieron me quedé con este poema que, de ser ella, seguro que consentiría así.

Debo morir. Y, sin embargo, nada
muere, porque nada
tiene fe suficiente
para poder morir.

No muere el día,
pasa;
ni una rosa,
se apaga;
resbala el sol,
no muere.

Sólo yo que he tocado
el sol, la rosa, el día,
y he creído,
soy capaz de morir.

(Saf, "andemos todavía")