Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
(Eduardo Galeano).
En esos nadies me reconozco yo.
Y me reivindico nadie.
Más cerca de todos, de mi folclore, de mi dialecto-a su vez dialecto de otro-,de mi pueblo, de mi esencia. Y sentirme así, con los pies pegados al calor de la tierra, me da la fuerza y me permite saber que muchas veces estaremos puteados, ninguneados o asoballados, pero somos legión ¿nonsí? Es cuestión de reconocernos, tomar conciencia, hablarnos y, allí en donde estemos, tomar partido.
A fuerza de insistir...
31 ene 2005
26 ene 2005
Pausa
Como tardaré en volver a las andadas con las aventuras eróticas, os dejo con el escrito original que me motivó a ofrecer otra versión de la historia.
Mi amigo escribe a su aire, unas veces contenido en sus haikus, y otras así de generoso y desmedido.
Encontrará algún dia su justo medio?
(casi que no, en la escritura al menos)
Mi amigo escribe a su aire, unas veces contenido en sus haikus, y otras así de generoso y desmedido.
Encontrará algún dia su justo medio?
(casi que no, en la escritura al menos)
19 ene 2005
Segunda prueba (una pizca de locura)
Entrar en aquella habitación de hotel fue como ascender al cielo de Lisboa. El vértigo me impedía sentir el suelo bajo mis pies, y el deseo que se había ido alimentando durante la tarde me partía el pecho y se arremolinaba dentro de mi vientre. Yo anhelaba el momento de ofrecerle mi cuerpo y reconocer el suyo, pero, mientras él se adelantaba desprendiéndose del chaquetón, una mezcla de temor, emoción y desafío me tenía paralizada contra la puerta como si tratase de impedirle el paso a un visitante inoportuno.
Al acercarse intuí cierta inseguridad en sus movimientos, al fin, no éramos tan distintos; me relajé un poco, dejé caer la cazadora; él tomó mi rostro entre sus manos y me susurró algo al oído que no pude entender; luego permití que sus dedos nerviosos soltasen los botones de mi camisa, que descubriesen mis pechos, libres, más crecidos pero firmes, y se sorprendiese de la curva que había tomado mi vientre, de la redondez de mis caderas. Algo había cambiado y algo me decía que comprobarlo le resultaba agradable. Me bajó los vaqueros con rapidez al tiempo que rozaba mi pubis con sus labios. Quise acercarlo y retenerlo contra mí pero me contuve, aplazando e incrementando el deseo. Besó mis labios por un instante al incorporarse, y dudó al acariciar mis pechos. Sonreí con satisfacción, mis pezones sensibles apenas soportan el contacto, y se acordaba. Le rodeé con mis brazos, y unos pasos de baile inventados nos depositaron sobre la cama.
Rostro contra rostro, la mirada cíclope y la sonrisa de pez.
Enseguida volaron su camisa, sus pantalones... nuestros cuerpos se reconocían desnudos y primerizos. Recorrí con mis labios todos sus huecos, inspirando despacio para adueñarme de su olor, necesitaba aprendérmelo al completo, impregnarme de él, empezando por lo más etéreo y superficial. Él se abandonó por unos momentos, luego me volteó, ágil, para emprender su exploración, el peine de los dedos perdiéndose entre mi pelo, su boca en la mía, bajando, demorándose en el vientre para continuar con un soplo de caricia hasta los pies y ascender de nuevo, tan lentamente, que las paredes de mi vagina aleteaban ansiosas por salir a recibirlo. Me lamió por fuera, en la humedad interior, hasta que no pude resistir el vacío de las convulsiones cercanas y lo atraje hacia arriba, hacia mi, hacia dentro, su cuerpo acoplado al mío, moviéndose muy despacio prolongando el placer, hasta que lo aferré con manos tensas por las caderas para que llegase hasta lo más hondo, a la pared en que se juntan dolor y gozo, y me inundase al fin con su líquido tibio y sanador.
Así, sudorosa y húmeda, con la caricia de su mirada y de sus adivinados pensamientos, me quedé medio dormida, callada, inmóvil, en un ansia infantil por detener el tiempo. Entonces, su aliento cosquilleó en mi oreja y me susurró de nuevo al oído algo que ahora sí entendí:
"Las calles estaban mojadas y yo estaba dentro"
Era el texto de la vieja postal que nos había reunido en Lisboa.
Y que nos permite mantenernos fieles a la promesa.
Al acercarse intuí cierta inseguridad en sus movimientos, al fin, no éramos tan distintos; me relajé un poco, dejé caer la cazadora; él tomó mi rostro entre sus manos y me susurró algo al oído que no pude entender; luego permití que sus dedos nerviosos soltasen los botones de mi camisa, que descubriesen mis pechos, libres, más crecidos pero firmes, y se sorprendiese de la curva que había tomado mi vientre, de la redondez de mis caderas. Algo había cambiado y algo me decía que comprobarlo le resultaba agradable. Me bajó los vaqueros con rapidez al tiempo que rozaba mi pubis con sus labios. Quise acercarlo y retenerlo contra mí pero me contuve, aplazando e incrementando el deseo. Besó mis labios por un instante al incorporarse, y dudó al acariciar mis pechos. Sonreí con satisfacción, mis pezones sensibles apenas soportan el contacto, y se acordaba. Le rodeé con mis brazos, y unos pasos de baile inventados nos depositaron sobre la cama.
Rostro contra rostro, la mirada cíclope y la sonrisa de pez.
Enseguida volaron su camisa, sus pantalones... nuestros cuerpos se reconocían desnudos y primerizos. Recorrí con mis labios todos sus huecos, inspirando despacio para adueñarme de su olor, necesitaba aprendérmelo al completo, impregnarme de él, empezando por lo más etéreo y superficial. Él se abandonó por unos momentos, luego me volteó, ágil, para emprender su exploración, el peine de los dedos perdiéndose entre mi pelo, su boca en la mía, bajando, demorándose en el vientre para continuar con un soplo de caricia hasta los pies y ascender de nuevo, tan lentamente, que las paredes de mi vagina aleteaban ansiosas por salir a recibirlo. Me lamió por fuera, en la humedad interior, hasta que no pude resistir el vacío de las convulsiones cercanas y lo atraje hacia arriba, hacia mi, hacia dentro, su cuerpo acoplado al mío, moviéndose muy despacio prolongando el placer, hasta que lo aferré con manos tensas por las caderas para que llegase hasta lo más hondo, a la pared en que se juntan dolor y gozo, y me inundase al fin con su líquido tibio y sanador.
Así, sudorosa y húmeda, con la caricia de su mirada y de sus adivinados pensamientos, me quedé medio dormida, callada, inmóvil, en un ansia infantil por detener el tiempo. Entonces, su aliento cosquilleó en mi oreja y me susurró de nuevo al oído algo que ahora sí entendí:
"Las calles estaban mojadas y yo estaba dentro"
Era el texto de la vieja postal que nos había reunido en Lisboa.
Y que nos permite mantenernos fieles a la promesa.
Primera prueba (para s.m.l.)
No suelo preparar las cosas con mucha antelación. Entre la idea y el hecho es cierto que hay un camino por recorrer, por pensar, por pronunciar; pero un impulso atávico me lleva a borrarlo de la memoria en el mismo momento en que cobra forma el pensamiento. El que esté encerrado en mi cabeza no supone que ya esté a salvo. Toda protección es necesaria. De ahí que cuando quiero que algo salga bien lo tengo muy calladita y muy dentro de modo que ni yo misma soy consciente del todo de lo que me propongo. Y puede parecer que todo lo deje a la improvisación. Puede parecer.
Como que la cita se estableciese una tarde, en Lisboa, en un lugar no del todo definido. Así de claro era el plan. La primera prueba era, sencillamente, encontrarnos en una ciudad tan extensa y diversa. No fue pensada como prueba, pero la casualidad de compartir una misma libreta de direcciones nos llevó a un reencuentro aparentemente extravagante. Unos mensajes rápidos y pensados en el aire nos obligaron a descifrar en el recuerdo para extraer la vieja postal en blanco y negro, con el puente 25 de abril al fondo como referencia.
Porque, para que la promesa de envejecer juntos se mantuviese viva, mucho tiempo después ambos deberíamos pensar en lo mismo.
De modo que, la tarde del sábado, por caminos diferentes, los dos nos dirigíamos a uno de los muelles de Lisboa. Yo caminaba nerviosa, me había vestido con un vaquero bastante usado en el que me sentía cómoda, una camisa blanca que siempre me da claridad a la cara y mi cazadora negra, con muchos bolsillos, que me evita el bolso y me permite un sitio en el que enfundar las manos. El pelo suelto y todavía algo húmedo, un poco de carmín en los labios y apenas una raya negra en el ojo. Me preguntaba cómo aparecería él. Cómo se iría definiendo su figura. Varias personas se acercaban a lo lejos. Mi corazón empezó a palpitar más rápido y un leve calor subió a mis mejillas, algo me daba a entender que estaba allí, pero dónde, tanto había cambiado que no podía distinguirlo, a distancia, de los demás? De pronto, un aire fresco me llegó desde el agua, me giré, y en el extremo del muelle un familiar chaquetón marinero se volvía y dejaba ver un rostro alargado, con una sonrisa amplia enmarcada en las patillas del mismísimo long john silver. Mis piernas empezaron a flaquear y me desplomaría irremediablemente si, con un movimiento ágil, unas manos no corriesen a sostenerme al tiempo que me abrazaban el talle. Entonces, por mi espina dorsal subieron miles de hormigas que se adueñaron de mi cabeza, y mi rostro se encendió de tal manera que alumbraría de ser noche. Las mismas manos largas y huesudas se hundieron en mi pelo acercando mi cabeza a su pecho, hueso contra hueso, levanté los ojos para mirarnos de cerca y contarnos las arrugas para ver cuánto habíamos sido fieles a nuestra promesa.
Es cierto que no del todo, pero una promesa no justifica sacrificar la sonrisa, siempre bella y más aún entre las líneas del gesto.
Y así, riéndonos y abrazados, nos decidimos a pasear la tarde por las callejuelas de Alfama, teníamos que revivir muchos años concentrados tan sólo en unas pocas horas antes de irnos al hotel. Era necesario, porque el reconocimiento tenía que ser completo. Y no se trataba de contarnos nuestras vidas por separado sinó de sumergirnos en un viaje interior recorriendo la geografía de los bares y charlando con sus personajes como si cada vez visitásemos un país diferente.
Lo logramos con una complicidad maravillosa.
(to be continued)
Como que la cita se estableciese una tarde, en Lisboa, en un lugar no del todo definido. Así de claro era el plan. La primera prueba era, sencillamente, encontrarnos en una ciudad tan extensa y diversa. No fue pensada como prueba, pero la casualidad de compartir una misma libreta de direcciones nos llevó a un reencuentro aparentemente extravagante. Unos mensajes rápidos y pensados en el aire nos obligaron a descifrar en el recuerdo para extraer la vieja postal en blanco y negro, con el puente 25 de abril al fondo como referencia.
Porque, para que la promesa de envejecer juntos se mantuviese viva, mucho tiempo después ambos deberíamos pensar en lo mismo.
De modo que, la tarde del sábado, por caminos diferentes, los dos nos dirigíamos a uno de los muelles de Lisboa. Yo caminaba nerviosa, me había vestido con un vaquero bastante usado en el que me sentía cómoda, una camisa blanca que siempre me da claridad a la cara y mi cazadora negra, con muchos bolsillos, que me evita el bolso y me permite un sitio en el que enfundar las manos. El pelo suelto y todavía algo húmedo, un poco de carmín en los labios y apenas una raya negra en el ojo. Me preguntaba cómo aparecería él. Cómo se iría definiendo su figura. Varias personas se acercaban a lo lejos. Mi corazón empezó a palpitar más rápido y un leve calor subió a mis mejillas, algo me daba a entender que estaba allí, pero dónde, tanto había cambiado que no podía distinguirlo, a distancia, de los demás? De pronto, un aire fresco me llegó desde el agua, me giré, y en el extremo del muelle un familiar chaquetón marinero se volvía y dejaba ver un rostro alargado, con una sonrisa amplia enmarcada en las patillas del mismísimo long john silver. Mis piernas empezaron a flaquear y me desplomaría irremediablemente si, con un movimiento ágil, unas manos no corriesen a sostenerme al tiempo que me abrazaban el talle. Entonces, por mi espina dorsal subieron miles de hormigas que se adueñaron de mi cabeza, y mi rostro se encendió de tal manera que alumbraría de ser noche. Las mismas manos largas y huesudas se hundieron en mi pelo acercando mi cabeza a su pecho, hueso contra hueso, levanté los ojos para mirarnos de cerca y contarnos las arrugas para ver cuánto habíamos sido fieles a nuestra promesa.
Es cierto que no del todo, pero una promesa no justifica sacrificar la sonrisa, siempre bella y más aún entre las líneas del gesto.
Y así, riéndonos y abrazados, nos decidimos a pasear la tarde por las callejuelas de Alfama, teníamos que revivir muchos años concentrados tan sólo en unas pocas horas antes de irnos al hotel. Era necesario, porque el reconocimiento tenía que ser completo. Y no se trataba de contarnos nuestras vidas por separado sinó de sumergirnos en un viaje interior recorriendo la geografía de los bares y charlando con sus personajes como si cada vez visitásemos un país diferente.
Lo logramos con una complicidad maravillosa.
(to be continued)
15 ene 2005
Me han regalado un cuento!!
De los mejores.
De la literatura oral.
De los que se escuchan de pequeña.
Parte de Manengumba, que comenzó a escribir en un cibercafé de Duala, en Camerún, donde ha estado trabajando durante seis años; y ahora, de vuelta a Madrid, quiere acercarnos a esa cultura desconocida para nosotros, la africana.
El cuento
Se lo contó a Alexqk
Que se lo contó a Burma
Que, a su vez, se lo contó a Manuel
Que me lo cuenta a mi.
Para que, olvidándonos de nosotros, volvamos la vista al cuento.
A la vida.
De la literatura oral.
De los que se escuchan de pequeña.
Parte de Manengumba, que comenzó a escribir en un cibercafé de Duala, en Camerún, donde ha estado trabajando durante seis años; y ahora, de vuelta a Madrid, quiere acercarnos a esa cultura desconocida para nosotros, la africana.
El cuento
Se lo contó a Alexqk
Que se lo contó a Burma
Que, a su vez, se lo contó a Manuel
Que me lo cuenta a mi.
Para que, olvidándonos de nosotros, volvamos la vista al cuento.
A la vida.
13 ene 2005
Enter
Decimos que estamos bien cuando tenemos un momento tranquilo.
Como entrar aquí.
Y cuando se vacía el alma?
No se experimenta una tranquilidad total?
(ya sé que no!)
Como entrar aquí.
Y cuando se vacía el alma?
No se experimenta una tranquilidad total?
(ya sé que no!)
10 ene 2005
Ocurrencias de cocina
(Deliciosa Marta)
Hay palabras, o grupos de palabras, que escuchas un día por primera vez y después te asaltan desde cualquier conversación, llegando a crearte tal vacío de significado que parece que todo el contenido que aflora en su entorno resulta deglutido por ese agujero.
Un ejemplo,
punto de inflexión.
A mi me semeja un trampolín desde el que lanzarse a una piscina.
En el suplemento del País del domingo, en el artículo de Juan José Millás sobre la agotadora vida de un ama de casa, encontré otra expresión que abunda:
solución de continuidad.
Aquí me dije que Millás hacía aguas en el reportaje. Porque la frase era ésta:
"En la cocina...a lo largo de sus cuatro paredes, casi sin solución de continuidad, se suceden una minúscula mesa de formica, una cocina de gas con dos o tres fuegos..."
Con lo fácil que resulta hacerse una idea de la minúscula cocina prescindiendo de la dichosa frase, va, y la pone.
Pues bien, una solución de continuidad, según un amigo que me dejó perpleja hace un montón de años, cuando me lo explicó, es la definición correcta de una herida. Que ya me costó entenderlo, porque, para mi,una solución entrañaba connotaciones positivas, de resolución de problemas, nunca de ruptura o quiebra de algo continuo.
Pero no cabe duda de que lo es, y ahora, cada vez que leo o escucho esa frasecita, no puedo dejar de imaginarme una herida sangrante.
Y herida es, al fin y al cabo.
(con lo que me gusta Millás en sus artículos...será por esto que la imagen que nos ofreció del ama de casa no me resultó nada familiar?)
8 ene 2005
Instantánea de invierno
Ya estoy de vuelta
y no me importa esperar.
Esta noche,
el amor me rodeó con su brazo la cintura
y paseamos juntos hasta el amanecer.
(quién de vosotr@s se preguntaba un día si soñar también cuenta?)
y no me importa esperar.
Esta noche,
el amor me rodeó con su brazo la cintura
y paseamos juntos hasta el amanecer.
(quién de vosotr@s se preguntaba un día si soñar también cuenta?)
4 ene 2005
Tarde(ta) de tiramisù

El tiramisù me sale muy bien
aunque sea cerca de Belén
por más que Israel siga bombardeando
seguiré preparándolo.
No me importa quien se lo coma
si es una buena persona,
que cree en la esperanza
de los pueblos oprimidos
desde hace tantos siglos.
(Menuda poetisa de m _ _ _ _ a que estoy hecha....)
La poetisa es mi amiga A., y lo escribió hace como dos años y medio, en junio de 2002, y he de decir que sigue igual de reivindicativa y ha mejorado, si cabe, su vena humorística.
Una tarde se presentó en mi casa, sin avisar, con una tarta de tiramisù que no se parecía en nada a las que yo conocía. Estaba buenísima y le pedí la receta. Me dijo que no se acordaba, pero que tenía el libro y me lo prestaría. Pasó el tiempo, nos olvidamos del libro.
Y no volví a probar el tiramisù hasta que lo preparó Mad. Exquisito.
El libro de repostería apareció (ver foto).
Y entre A. y yo hemos elaborado esta versión de tarta con la que me toca invitar.
Quedamos por la tarde en mi casa, después de comer, ella traería el mascarpone, y yo pondría los demás ingredientes, harina, huevos, mantequilla, azúcar...en fin, nada que no hubiese en cualquier cocina. Bueno, esto es un decir, porque, poco antes de que llegase, me di cuenta de no tenía el chocolate, que me podía quedar corta con la mantequilla, la harina, los huevos...Entonces decidi acercarme al súper que está justo debajo, me puse el anorak y el turbante (mi pelo no aguanta dos días sin lavar) y poco me faltó para no salir en zapatillas. Cuando quiero entrar me encuentro con que está cerrado, por inventario...
...no era el único
...a medida que llegaba al siguiente se sumaba uno más.
...opté por ir a alguna tienda el centro.
Allí, casualmente, estaba A. para comprar el mascarpone que, casualmente, se había agotado.
Entonces ya éramos dos en un recorrido rápido, en zig-zag, buscando comercios abiertos y que tuviesen mascarpone.
ts-ts-ts!
de mascarpone, nada.
La tarta fue así:
Base de galleta
275 gr. de galleta de almendra (normales de maria, llega)
75 gr. de mantequilla derretida
Relleno
700 gr. de queso mascarpone (era otro, tipo filadelfia)
150 gr. de azúcar
3 huevos (separadas la clara de la yema)
30 gr. de harina blanca
3 cucharadas soperas de ron negrita.
1/2 cucharadita de extracto de vainilla
175 gr. de chocolate sin leche (75% de cacao)
1 cucharada sopera de café expreso
3 cucharadas soperas de licor café.
Se tritura bien la galleta, se mezcla con la mantequilla derretida y se cubre el molde. Se guarda en la nevera mientras se prepara el resto para que endurezca.
Batir el queso hasta conseguir una mezcla homogénea.
Añadir el azúcar y volver a batir, que no queden grumos.
Incorporar las yemas de huevo sin dejar de batir
(bravo por A. que lo consiguió)
Dividir la mezcla en dos partes iguales.
Agregar a una mitad la harina, el ron y el extracto de vainilla. Mezclar.
Derretir el chocholate al baño maría.
Después de que haya enfriado ligeramente, incorporar el carfé y el licor café.
Y mezclar todo con la otra mitad que habíamos reservado de la mezcla del queso.
Batir las claras sin llegar al punto de nieve e incorporar la mitad a la mezcla del queso con chocolate, y la otra mitad a la mezcla del queso con ron y vainilla.
Rellenar la base de galleta a cucharadas, alternando las dos mezclas.
Hornear durante 40 o 45 minutos, a 190ºC, vigilando que no se dore demasiado. El centro debe quedar blando. Se deja enfriar en el horno apagado para que el relleno endurezca (y no haga grietas como la de la foto). Y después se puede meter en la nevera si no hace frío en el exterior.
(lleva su tiempo, es para pasar una tarde agradable en la cocina entre dos o más, sobretodo si no se tienen los utensilios adecuados, o cascan al usarlos y hay que batir a mano)
Mad, veo que has probado, te gustó??
2 ene 2005
Oh, año nuevo!
A propósito del deseo anterior me viene a la cabeza un recuerdo de mi hijo, el mayor, cuando de pequeño le daba por hacerse oír a fuerza de hablar cada vez más alto
"habla bajito que te escucho igual" le decía yo
y él, entonces, se agachaba y elevaba aún más la voz.
Pues nosotros igual.
El deseo bajito
Pero seguiremos gritando.
(que se nos escuche!)
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