27 oct 2004

Un intro

Hay días en que las estrellas se cruzan caprichosas en la mente de las personas.
Estaba leyendo este artículo de Arundathi Roy en Rebelión, cuando me entró un mensaje de mi amiga recomendándome el enlace de la página.
Aconsejable entonces por partida doble.

25 oct 2004

En campaña

Mi amiga Mad se ha propuesto apoyar la campaña de Michael Moore en contra de la reelección de Bush, me sumo a ella, es inevitable no tomar partido, aún a miles de millas de distancia, porque lo que salga de estas elecciones nos incumbe a todos, querámoslo o no. Por si los americanos dejan a un lado su pasotismo de voto, y la campaña tiene éxito, es bueno también ir adelantando lo que nos espera después.


Qué poco ofrece Kerry Por Carlos Taibo
Inevitable parece que, en días como éstos, la gente se pregunte cuáles son las consecuencias que cabe esperar del triunfo de uno u otro de los candidatos que concurren en las elecciones presidenciales estadounidenses. Adelantemos al respecto que el criterio que abraza la mayoría de nuestros conciudadanos rezuma un sano escepticismo en lo que se refiere a la conveniencia de identificar sustanciosas diferencias entre Bush y Kerry.

Es cierto, sí, que para explicar ese escepticismo acaso no haya que ir muy lejos: aunque el repudio a Bush es común en la mayoría de nuestros conciudadanos, tampoco se aprecian mayores simpatías por el candidato demócrata, circunstancia que a primera vista remite a un rechazo general de lo que hoy es Estados Unidos. Sin descartar en modo alguno que ello sea así, conviene prestarle oídos, con todo, a otra explicación: la que sugiere que, declaraciones en mano, el discurso y las propuestas de Kerry son tan poco rupturistas que cualquier entusiasmo estaría de sobra. Los apoyos al rival de Bush tienen su origen, sin más, en el designio, respetabilísimo, de liberarse de este último.

Más allá de lo anterior, lo suyo es que nos preguntemos qué es lo que Kerry estaría llamado a aportar en dos terrenos decisivos: el de las políticas económicas y sociales, por un lado, y el de las relaciones exteriores de Estados Unidos, por el otro. Sabido es, por lo pronto, que desde tiempo atrás se ha registrado en la principal potencia planetaria una progresiva homologación entre los programas económicos de los dos grandes partidos, en franco provecho, bien es cierto, del discurso neoliberal que postulan desde hace un cuarto de siglo los republicanos. La apuesta que los demócratas blandieron en el pasado en provecho de fórmulas que recordaban, siquiera livianamente, a los Estados del bienestar, ha ido reculando, circunstancia que, mal que bien, viene a explicar por qué en muchos casos son las mismas empresas las que financian a demócratas y republicanos.

La sensibilidad social del Partido Demócrata ha bajado muchos enteros en un escenario en el que la propia condición personal de Kerry arroja mucha luz sobre la trama que opera en la trastienda: si mi memoria no me falla, la fortuna de la esposa del candidato demócrata asciende nada menos que a 700 millones de dólares. Con semejantes mimbres sólo los más ingenuos aguardarán que personas de tal condición económica acometan cambios llamados a sacar de la miseria a los 46 millones de indigentes que se hacinan en las megalópolis norteamericanas. También aporta luz, por cierto, la propuesta de Kerry en el sentido de subir los impuestos sólo en los casos de las rentas superiores a lo que entre nosotros serían unos 180.000 euros Y que no se engañe el lector: la sociedad estadounidense no es tan opulenta como para que las cifras mentadas signifiquen algo fundamentalmente diferente de lo que quieren decir en la vieja Europa. Así las cosas, no está de más que le demos la razón al diputado popular Gustavo de Arístegui, quien días atrás afirmó que el Partido Demócrata configura una fuerza homologable a lo que entre nosotros es el centro derecha, aserción que deja sólo un espacio del espectro político, tan singular como ultramontano, a sus rivales republicanos.

Por lo que a las relaciones externas de Estados Unidos se refiere, la teoría asevera que un triunfo de Kerry tendría dos efectos de aparente cambio. El primero remite a una cuestión que lo es, pese a las lecturas al uso, de forma: aunque tocarían a su fin muchos de los elementos de ramplón unilateralismo que han impregnado las políticas de Bush, no por ello ganaría terreno un multilateralismo merecedor de tal nombre. No nos engañemos al respecto: la política exterior norteamericana anterior a Bush hijo no se caracterizaba por un benigno y generoso multilateralismo. Era, en el mejor de los casos, el reflejo de una suerte de multilateralismo a la carta, en virtud del cual se evacuaban consultas con aliados y amigos a sabiendas de que unos y otros se mostraban comúnmente dóciles y sumisos. No cabe aguardar, en otras palabras, que Kerry cancele el vigor de unas reglas del juego que invitan a Estados Unidos a imponer sus criterios e intereses, y a hacerlo en obscena desatención de las demandas de buena parte de los habitantes del planeta.

Hay quien sostiene, en fin, con criterio muy respetable, que un imaginable triunfo de Kerry colocaría en la Casa Blanca a una figura política mucho más consciente de las limitaciones que, aún hoy, acosan a la principal potencia del globo. El argumento ve la luz en la estela de la certificación de que las políticas de Bush han colocado a Estados Unidos en varios callejones sin salida, al tiempo que han engrosado, no sin paradoja, el caldo de cultivo de respuestas desbocadas. Aunque nada hay que oponer al sentido general del pronóstico, arguyamos, con todo, que también aquí la diferencia glosada se antoja menor: el propio Bush se ha visto obligado a moderar sus impulsos en un escenario en el que la terca realidad de los hechos impide hoy, por ejemplo, que Estados Unidos se lance a nuevas operaciones militares en Irán, Siria o Corea del Norte.

La conciencia en lo que atañe a las limitaciones propias ha alcanzado, en otras palabras, al presidente en ejercicio, circunstancia que, de nuevo, nos emplaza ante una inequívoca conclusión: quien quiera depositar en la figura de John Kerry la esperanza en cambios mayores parece llamado a equivocarse. Bien lo saben, por cierto, los habitantes de Gaza y Cisjordania.


Creo que no puedo dejar de compartir la idea que, entre haiku y haiku, propone mi amigo Juan Pantano
40 euros, por favor...

21 oct 2004

Galego para marmi

Todos os anos por estas datas atópome cunha relación de libros na man que meu fillo pequeno ten que ler en clase. E hai un que se repite, se non é un ano, outro. Trátase de "Os dous de sempre", de Castelao. Búscollo, e antes de darllo, ábroo para comprobar que segue aí, ao comezo, aquela descrición que cando lin por primeira vez me resultou tan familiar.

A tía Ádega vive nunha casa pequerrecha, sempre ben encaleada, cunha balconeta de madeira, antre dúas fiestras xemelas, e unha porta de dúas follas. A casa ten fisonomía de moneco, con ollos, nariz e boca, e logo un caparuchete de tellas na cabeza. Cando a tía Ádega cerra unha fiestra, a casa chisca un ollo.

Dentro todo está fregadiño de sábado, co chan estrado de area do mar, ben peneirada. No apousento de recebir loce o sofá de respeto con funda de lenzo crú marcado cunha gran letra bermella bordada a punto de cruz. Na cociña brila unha chocolateira de cobre, e pola bufarda do vertedeiro óllase sempre o longo pé dunha col que o vento abanea docemente.

O durmidoiro é o "sancta sanctorum" familiar, onde nasceron e morreron os antergos da casa. A vella é a gardadora deste apartamento de nascer e morrer vedado sempre ás olladas profanadoras dos alleos. Alí o mesmo aire ten que entrar a furto. A vella durme no leito en que veu ó mundo: unha cama de buxo retorneado, aburada de silenzos e saudades. A lampariña de aceite asolaga todo nun cheiro morno e misterioso. Esta lámpara, que foi azucareira noutro tempo, sirve agora de vaso sagrado, onde aboia, día e noite, unha luciña, a morrer de tristura polas moscas que veñen suicidarse no aceite.
Veleiquí as lembranzas que conservo da casa;...

A meu fillo este texto talvez lle resulte curioso ou nin lle dea importancia sequera, pero a min trasladoume ás miñas viaxes a Santiago en autobús. No percorrido da costa, entre Muros e Noia, distraíame poñéndolles caras ás casas. Cada casa con cadansúa cara diferente, e co seu humor diferente tamén. Unha vez que deixábamos o mar atrás, as casas deixaban de falarme. Por iso, cando me achego a esta obra, sempre penso que era daquela cando a tiña que ler, e non anos despois con ese sentimento de nostalxia por algo que estaba aí e que nolo tiñan agachado.



8 oct 2004

Instantánea.

Galicia es el reino del minifundio.
Pero una de las palabras más bellas que recuerdo en labios de mi abuelo es la de monte de mano común.

4 oct 2004

Una de carne

Osso bucco en salsa de champiñones.
Ingredientes:
3 trozos de osso bucco
6 cucharadas de soperas de aceite
3 tomates maduros y grandes
Una bandeja de champiñones frescos.
1 vaso (de los de agua) de vino blanco.
1 plato con harina

Bien, esta es una receta de Simone Ortega, del libro de cocina más famoso, el de las 1080 recetas de cocina. Parto de que soy una cocinera irregular que tiene a su favor la práctica diaria. Y, cuando me encuentro con algo delante para preparar, y no se me ocurre cómo, me agarro a este manual o a cualquier otro para salir del paso.
El desarrollo es más o menos así:
Se limpian y se lavan bien los champiñones, cortándolos en trozos grandes. Se reservan.
(Este paso lo evito al usar champiñones en bote al natural).
En una cacerola se pone el aceite a calentar. Una vez caliente se pasa cada trozo de carne por harina y se van dorando.
(Esto sí lo hago)
Ahora viene el paso de añadir los champiñones. Antes de coger un bote veo sobre la mesa la cesta de mimbre con cebollas, pepinos, calabacines y pimientos de los que cultiva mi madre en su huerta. Los pimientos se le dan muy bien (todo lo que cultiva se le da bien, menos los ajos, que por más que los cuida le salen birriosos), son de un verde brillante que dan ganas de comérselos crudos, aunque este año pican de una manera rabiosa (sin ser de Padrón). El único modo de consumirlos es a poquitos, en los guisos. Como tengo ganas de quitármelos de delante, de poquitos nada. Me olvido de los champiñones y me decido por la variante de cuatro pimientos de tamaño mediano, cortados en trozos, sin el agravante de las semillas, que van directos a la pota. Y, ya que estamos, no le haré el feo a las cebollas, mis cebollas de oro, que adornan el asa de la cesta. ¿Cuántas? como son tirando a pequeñas, pues tres, quitándoles sólo la capa superficial de la piel porque de éstas sí que quiero aprovechármelo todo.
Y ahora viene el paso de rociar con el vaso de vino blanco.
Mi vino blanco es una botella de Cardenal Mendoza que he ido vaciando en estos menesteres. Ya no está. Y no seré yo quien abra la siguiente. Entonces veo una botella de hace siglos...Ponche Cuesta!(existe aún?) Pues venga!! Primero vierto tímidamente un poco, al momento decido que un buen chorro...
Después sigo con la receta y echo la sal, la pimienta, un poco de agua. Tapo la cacerola dejando cocer a fuego lento una hora más o menos (según sea la carne de tierna). Vigilo de vez en cuando. Dejo que mi hijo sopetee la carne. Le pregunto qué tal, dice que sabe raro, como dulce, pero bien.
(menos mal que no ha tocado la salsa, pienso).
Una vez hecho va a la mesa con un puré de patata o arroz blanco. Si todos comen es que no pica demasiado y la próxima vez se le puede añadir algún pimiento más.

(A mi hijo le gustó)